EL ÚLTIMO LATIDO
Pasear por los márgenes de río siempre la había relajado. Aquella noche la Luna se reflejaba pálidamente en el agua, de formas oscuras y sensuales.
Recordó el primer día que ella le había enseñado aquel camino. Estuvo nerviosísima durante toda la cena. Tuvo que decidirse seguir caminando sola o arriesgarse a compartir los secretos del río, que rompía la ciudad en dos partes totalmente opuestas. Ellas dos también eran ciudad, tan opuestas como los dos márgenes. Aún así aquella noche ya lejana se decidió a compartir su paseos y casa con Lucía, y nunca se había arrepentido. Ahora tampoco.
Encendió un cigarro y miró el reloj por infinitésima vez desde que estaba allí. Lucía la había conseguido que cambiase algunas cosas en su ordenadísima vida, como la costumbre de llevar reloj, pero desde hacía 8 meses había vuelto a alguna de sus viejas costumbres, también la de fumar. La liberaba con cada bocanada de humo sus pensamientos volaban, y por un momento recobraba una sensación de paz.
Volvieron a su cabeza todos los preparativos que la esperaban mañana, y los apartó al instante. Esa última noche no quería pensar. Era el principio y el final de muchas cosas de demasiadas cosas, y no podía dejar que los recuerdos influyesen en su (ya tomada) decisión. Cuantas cosas tenían que cambiar, y cuántas cosas habían cambiado desde que Lucía apareció en su vida, completamente por sorpresa. La primera vez que la vió fue en casa de Juan, que había organizado una cena para los amigos más íntimos. Habían charlado todos animadamente alrededor de la mesa, y después de los cafés Juan se empeñó en sacar una vieja guitarra de cuando compartían pupitre y acampadas. Hacía años que no tocaba, pero aún así se animó a rasguear algunas canciones. Y entonces Lucía cantó. Conocía la letra de una de sus canciones preferidas de Billy Joel, y su forma de cantarla la dejó impresionada. Desde entonces aquella compenetración había ido a más hasta mañana mismo.
Apagó el cigarro y se sentó en uno de los bancos del paseo a repasar mentalmente las cosas necesarias para el día siguiente. Los papeles, debidamente rellenados y firmados, estaban sobre la mesilla de noche El billete de avión, encima de la maleta La carta de dimisión que a primera hora le presentaría a José Luís, el director de la radio, que seguro que no se la querría coger le diría que se tomase unos días. Lo que pensaba tomarse era una nueva vida lejos de allí.
La luz de la mañana había llegado demasiado lentamente. Otra noche de insomnio interminable se sumó a sus ojeras. Mientras el agua de la ducha corría helada sobre su cuerpo se preguntó otra vez quién demonios era ella para tomar esa decisión. La única persona que la ha acompañado estos tres últimos años de medicamentos, recaídas y visitas de madrugada al hospital se dijo, pero aún así no se sintió mejor. Los recuerdos pasaban por su cabeza como en una película. Ni una llamada de la familia de Lucía, ni una. Miserables Ni un estúpido ramo de flores, ni una caja de bombones, que seguro que hubiesen acabado en las manos de algún niño de la quinta planta, a los que visitaba a menudo Nada. Sólo ella y Lucía, y un río, como el de la ciudad, que las arrastraba a las dos corriente abajo.
Pero le tocaba decidir. Lo habían hablado muchísimas veces, desde el primer día, las dos sabían que tenían que hacer llegado el momento. Es mucho más fácil su parte pensó egoístamente Carmen, pero casi al instante se sintió tan mal que se reprochó el haberlo pensado. Los recuerdos empezaban a agolparse supo que no había salido, y lloró profundamente. El agua fría siguió corriendo un rato más.
Ya se sabía los nombres de todos. Ángela, Marta y Guillermo en el turno de mañana, y Mónica, Kike y Fernando en el de la noche. Poco a poco se habían convertido en su segunda familia, y cuidaban de Lucía con más ternura de lo que lo hubiese hecho ella misma. Sintió sus miradas de compasión clavándose en su espalda mientras penetraba en la habitación, cerró la puerta dejando escapar un suspiro.
Todo estaba a oscuras, pero aún así dejó diestramente el bolso en la mesa escritorio y se dirigió a la ventana para dejar que entrase la luz del radiante día que bañaba la ciudad. Fue como si la luz encendieran los sonidos de la habitación. El respirador que movía rítmica y casi imperceptiblemente el pecho de Lucía, el goteo del alimentador, los pitidos constantes del su pulso Todo aquello formaba parte de su mundo, ERA su mundo desde hacía mucho tiempo. Se sentó en la cama y la cogió de la mano, como cada día.
Hola cielo ¿Qué tal estás hoy?... Se te ve mejor que estos últimos días. Cogió el historial del lateral de la cama y lo miró rápidamente. Era increíble lo que había aprendido de historiales clínicos, síntomas, medicamentos y cuidados de un enfermo en los últimos meses. Estás mucho mejor de defensas Eso está bien. La miró a la cara y la se le asemejó marchita y sin vida. Lo admitió por primera vez. Aún no sé cómo voy a hacer esto, cómo te lo voy a decir, si me voy a perdonar alguna vez No sabes cuántas veces he deseado estar en tu lugar, y que tú estuvieses en el mío. Desde aquí todo se ve mucho más difícil, Lucía. Ni siquiera sé si me escuchas, si me sientes, si notas algo Ni siquiera sé porqué te hablo si no me puedes contestar. Había empezado a llorar silenciosamente. Te he llegado a odiar tanto como te he querido, cielo pero me he sentido tan sola, tan inalcanzablemente sola, que ya he bajado los brazos, me rindo. Para ti todo es más fácil, y ya sé porqué me lo pediste a mí, pero jamás lo entenderé, jamás llegaré a saber porqué dejas tu vida en mis manos sabiendo que yo siempre cumplo mis promesas. Los sollozos se habían convertido en lágrimas de rabia e impotencia, y su voz se quebraba con mucha facilidad. Sabías que acabaría cumpliendo mi promesa, por eso me obligaste a prometértelo. Hoy se cumple el plazo, cariño. Y voy a cumplir mi promesa.
Un médico de rostro más que conocido llamó a la puerta y entró. Se acercó a Carmen y le puso una mano en el hombro.
- ¿Qué tal? ¿Estás lista?...
- Sí, claro. Además en cuatro horas sale mi avión y - no se sentía capaz de acabar la frase.
- Tranquila, acabaremos muy rápido. Éstos son los papeles que tienes que firmar Cuando estés lista, llámame. el médico la abrazó.
- Gracias, Carlos sólo deja que me despida de ella.- él asintió y las dejó a solas.
Bueno, Lucía, ha llegado el momento. Hoy se cumple el plazo que me diste, y que te diste, sobretodo a ti misma. Yo me marcho de la ciudad - necesitaría mucho tiempo antes de poder librarse del sentimiento de culpabilidad que le amargaba en el pecho, hasta que entendiese las razones de Lucía. Yo se me acabaron las fuerzas, cielo estoy agotada de luchar por las dos. Y sé que tú también lo estás, por eso por eso quieres irte Así que yo te suelto la rienda, Lucía. Éste es tu último deseo y mi primera decisión. Te quiero, mi vida. No te olvides ni me olvides nunca. Adiós. La besó en los labios, empapándola de lágrimas, y abrazó su cuerpo inerte por última vez. No se dio cuenta de que en la habitación ya estaban preparados Carlos y una de sus enfermeras, con los ojos llorosos ante la escena que, sin querer, habían presenciado. Todos habían albergado la esperanza de que Lucía acabaría por despertar y recuperarse, mintiéndose a ellos mismos, porque sabían que era imposible.
Carmen salió de la habitación con paso ligero, dejando atrás media vida, la que se iba con Lucía. Era consciente de ello, pero no quería verlo. Seguía llorando y el suelo se volvía más borroso a cada paso que daba. Cuando salía del hospital se sentía vieja, destrozada, irremediablemente sola
No llegó a ver cómo Carlos desconectaba el respirador, ni como descolgaba la bolsa del suero con una expresión más que congojada. No oyó los sollozos apagados de toda la planta cuando la enfermera auxiliar salió de la habitación llorando desesperadamente, ni cómo una fría sábana cubrió el cuerpo de Lucía.
No acertó a oír el último latido que envolvió su corazón.
FIN
Copyright: Rosi Fernández.
Recordó el primer día que ella le había enseñado aquel camino. Estuvo nerviosísima durante toda la cena. Tuvo que decidirse seguir caminando sola o arriesgarse a compartir los secretos del río, que rompía la ciudad en dos partes totalmente opuestas. Ellas dos también eran ciudad, tan opuestas como los dos márgenes. Aún así aquella noche ya lejana se decidió a compartir su paseos y casa con Lucía, y nunca se había arrepentido. Ahora tampoco.
Encendió un cigarro y miró el reloj por infinitésima vez desde que estaba allí. Lucía la había conseguido que cambiase algunas cosas en su ordenadísima vida, como la costumbre de llevar reloj, pero desde hacía 8 meses había vuelto a alguna de sus viejas costumbres, también la de fumar. La liberaba con cada bocanada de humo sus pensamientos volaban, y por un momento recobraba una sensación de paz.
Volvieron a su cabeza todos los preparativos que la esperaban mañana, y los apartó al instante. Esa última noche no quería pensar. Era el principio y el final de muchas cosas de demasiadas cosas, y no podía dejar que los recuerdos influyesen en su (ya tomada) decisión. Cuantas cosas tenían que cambiar, y cuántas cosas habían cambiado desde que Lucía apareció en su vida, completamente por sorpresa. La primera vez que la vió fue en casa de Juan, que había organizado una cena para los amigos más íntimos. Habían charlado todos animadamente alrededor de la mesa, y después de los cafés Juan se empeñó en sacar una vieja guitarra de cuando compartían pupitre y acampadas. Hacía años que no tocaba, pero aún así se animó a rasguear algunas canciones. Y entonces Lucía cantó. Conocía la letra de una de sus canciones preferidas de Billy Joel, y su forma de cantarla la dejó impresionada. Desde entonces aquella compenetración había ido a más hasta mañana mismo.
Apagó el cigarro y se sentó en uno de los bancos del paseo a repasar mentalmente las cosas necesarias para el día siguiente. Los papeles, debidamente rellenados y firmados, estaban sobre la mesilla de noche El billete de avión, encima de la maleta La carta de dimisión que a primera hora le presentaría a José Luís, el director de la radio, que seguro que no se la querría coger le diría que se tomase unos días. Lo que pensaba tomarse era una nueva vida lejos de allí.
La luz de la mañana había llegado demasiado lentamente. Otra noche de insomnio interminable se sumó a sus ojeras. Mientras el agua de la ducha corría helada sobre su cuerpo se preguntó otra vez quién demonios era ella para tomar esa decisión. La única persona que la ha acompañado estos tres últimos años de medicamentos, recaídas y visitas de madrugada al hospital se dijo, pero aún así no se sintió mejor. Los recuerdos pasaban por su cabeza como en una película. Ni una llamada de la familia de Lucía, ni una. Miserables Ni un estúpido ramo de flores, ni una caja de bombones, que seguro que hubiesen acabado en las manos de algún niño de la quinta planta, a los que visitaba a menudo Nada. Sólo ella y Lucía, y un río, como el de la ciudad, que las arrastraba a las dos corriente abajo.
Pero le tocaba decidir. Lo habían hablado muchísimas veces, desde el primer día, las dos sabían que tenían que hacer llegado el momento. Es mucho más fácil su parte pensó egoístamente Carmen, pero casi al instante se sintió tan mal que se reprochó el haberlo pensado. Los recuerdos empezaban a agolparse supo que no había salido, y lloró profundamente. El agua fría siguió corriendo un rato más.
Ya se sabía los nombres de todos. Ángela, Marta y Guillermo en el turno de mañana, y Mónica, Kike y Fernando en el de la noche. Poco a poco se habían convertido en su segunda familia, y cuidaban de Lucía con más ternura de lo que lo hubiese hecho ella misma. Sintió sus miradas de compasión clavándose en su espalda mientras penetraba en la habitación, cerró la puerta dejando escapar un suspiro.
Todo estaba a oscuras, pero aún así dejó diestramente el bolso en la mesa escritorio y se dirigió a la ventana para dejar que entrase la luz del radiante día que bañaba la ciudad. Fue como si la luz encendieran los sonidos de la habitación. El respirador que movía rítmica y casi imperceptiblemente el pecho de Lucía, el goteo del alimentador, los pitidos constantes del su pulso Todo aquello formaba parte de su mundo, ERA su mundo desde hacía mucho tiempo. Se sentó en la cama y la cogió de la mano, como cada día.
Hola cielo ¿Qué tal estás hoy?... Se te ve mejor que estos últimos días. Cogió el historial del lateral de la cama y lo miró rápidamente. Era increíble lo que había aprendido de historiales clínicos, síntomas, medicamentos y cuidados de un enfermo en los últimos meses. Estás mucho mejor de defensas Eso está bien. La miró a la cara y la se le asemejó marchita y sin vida. Lo admitió por primera vez. Aún no sé cómo voy a hacer esto, cómo te lo voy a decir, si me voy a perdonar alguna vez No sabes cuántas veces he deseado estar en tu lugar, y que tú estuvieses en el mío. Desde aquí todo se ve mucho más difícil, Lucía. Ni siquiera sé si me escuchas, si me sientes, si notas algo Ni siquiera sé porqué te hablo si no me puedes contestar. Había empezado a llorar silenciosamente. Te he llegado a odiar tanto como te he querido, cielo pero me he sentido tan sola, tan inalcanzablemente sola, que ya he bajado los brazos, me rindo. Para ti todo es más fácil, y ya sé porqué me lo pediste a mí, pero jamás lo entenderé, jamás llegaré a saber porqué dejas tu vida en mis manos sabiendo que yo siempre cumplo mis promesas. Los sollozos se habían convertido en lágrimas de rabia e impotencia, y su voz se quebraba con mucha facilidad. Sabías que acabaría cumpliendo mi promesa, por eso me obligaste a prometértelo. Hoy se cumple el plazo, cariño. Y voy a cumplir mi promesa.
Un médico de rostro más que conocido llamó a la puerta y entró. Se acercó a Carmen y le puso una mano en el hombro.
- ¿Qué tal? ¿Estás lista?...
- Sí, claro. Además en cuatro horas sale mi avión y - no se sentía capaz de acabar la frase.
- Tranquila, acabaremos muy rápido. Éstos son los papeles que tienes que firmar Cuando estés lista, llámame. el médico la abrazó.
- Gracias, Carlos sólo deja que me despida de ella.- él asintió y las dejó a solas.
Bueno, Lucía, ha llegado el momento. Hoy se cumple el plazo que me diste, y que te diste, sobretodo a ti misma. Yo me marcho de la ciudad - necesitaría mucho tiempo antes de poder librarse del sentimiento de culpabilidad que le amargaba en el pecho, hasta que entendiese las razones de Lucía. Yo se me acabaron las fuerzas, cielo estoy agotada de luchar por las dos. Y sé que tú también lo estás, por eso por eso quieres irte Así que yo te suelto la rienda, Lucía. Éste es tu último deseo y mi primera decisión. Te quiero, mi vida. No te olvides ni me olvides nunca. Adiós. La besó en los labios, empapándola de lágrimas, y abrazó su cuerpo inerte por última vez. No se dio cuenta de que en la habitación ya estaban preparados Carlos y una de sus enfermeras, con los ojos llorosos ante la escena que, sin querer, habían presenciado. Todos habían albergado la esperanza de que Lucía acabaría por despertar y recuperarse, mintiéndose a ellos mismos, porque sabían que era imposible.
Carmen salió de la habitación con paso ligero, dejando atrás media vida, la que se iba con Lucía. Era consciente de ello, pero no quería verlo. Seguía llorando y el suelo se volvía más borroso a cada paso que daba. Cuando salía del hospital se sentía vieja, destrozada, irremediablemente sola
No llegó a ver cómo Carlos desconectaba el respirador, ni como descolgaba la bolsa del suero con una expresión más que congojada. No oyó los sollozos apagados de toda la planta cuando la enfermera auxiliar salió de la habitación llorando desesperadamente, ni cómo una fría sábana cubrió el cuerpo de Lucía.
No acertó a oír el último latido que envolvió su corazón.
FIN
Copyright: Rosi Fernández.
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